31 may 2009


Había una muchachita muy joven en el grupo;no tendría más de quince o dieciséis años de edad. No dejaba que la tumbaran en el sofá, pero acariciaba los rostros y los pechos de las chicas que se complacían con la candela. Grushenka la rodeó con su brazo y le susurró al oído:
— ¿ Quieres hacer por mí todo lo que yo haga por ti?... ¿Todo?
La muchacha asintió tímidamente; Grushenka entonces la tumbó en la alfombra, le levantó las enaguas y se puso a besarle el vientre; la muchacha era cosquillosa y se rió.
Grushenka le abrió las piernas y metió su cabeza entre los muslos de la niña. El lindo montecilio de Venus casi no tenía pelo aún; la muchacha luchaba contra la intrusión y se movía un poco, pero eso sólo servía para incitar más a Grushenka a poner en práctica lo que había aprendido durante su estancia en el establecimiento de baños de la señora Brenna.
La muchacha suspiró, arqueó su cuerpo, pegándose a la boca de Grushenka cuando se produjo el orgasmo. De hecho, la muchachita era virgen, y era la primera vez que obtenía un orgasmo. Se quedó rendida, sin moverse, con los labios ligeramente entreabiertos, sonriente y agotada.


"Grushenka"
Anónimo del siglo XVIII

30 may 2009

La Duquesa de Alba se sentía transformada por Dios sabe qué milagro; se imaginaba poseer el
cuerpo y la cara de la Duquesa de Málaga, su bella hermana, enclaustrada en el Carmelo. Conservó su mantilla negra sobre su cuerpo desnudo para acercarse púdicamente a Florencio, a continuación saltó sobre su bragueta, la abrió con un gesto seco y se metió su sexo en la boca. Absolutamente ignorante de las cosas de la reproducción, se imaginaba que era así como las mujeres eran fecundadas. Florencio cerró los ojos e intentó recordar a una muchachita de su barrio de Buenos Aires que, durante toda su infancia, se la ponía tiesa de inmediato con sólo
pensar en ella, pero el sexo no cobraba vida. La Duquesa le mordía el glande con demasiada fuerza.
Intentó apartar delicadamente la cara de la Duquesa con una mano, y cayeron al suelo la mantilla y la peluca. La Duquesa de Alba, por primera vez en su vida, experimentaba placer, y apretó los dientes, Florencio lanzó un grito, dio un salto de dos metros y fue a estrellarse contra una de las vidrieras de la biblioteca. La atravesó y cayó al jardín sobre un parterre de violetas, en medio de la lluvia, perdiendo sin cesar sangre por el abierto agujero de su sexo que la Duquesa le había seccionado con sus dientes. Tuvo un último pensamiento piadoso para su madre, luego dijo en voz alta: «¡Qué cosa, che!». Y expiró.

Copi, El autorretrato de Goya
de "Las viejas travestis"

26 may 2009

¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes enplena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de laespecie en esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez unatajo, una emboscada oscura donde el demonio aspira la inocenciay sella a sangre y fuego su condena en la estirpe del alma?¿ O tansólo quizás una región marcada como un cruce de encuentroy desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la Perpetuación, ni fragua del pecado original,ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperadopropague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquieraun lugar, aunque se precipite el firmamento y haya un cielo quehuye, innumerable, como todo instantáneo paraíso.
A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las membranasde la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.
Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena delviaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz detodos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta elárbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias ysus secretas ciencias de extravío que se expanden de prontode la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismoque una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, lacorriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que soncomo tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indeciblehasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfondacayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánicanoche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, conjadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigodel horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misteriode la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosamaquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas comolabios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late laespuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de suprado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girandolocamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador queya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universoen expansión, con todo el universo en contracción para el partodel cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en lasangre la creación.
El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.


Olga Orozco
El jardín de las delicias

El amor es un asunto de entrañas. Un vértigo sagrado
en el follaje glandular.

Leda Valladares

23 feb 2009

Memorias de Josephine Mutzenbacher

(...)
- ¿Lo tienes dentro ? - preguntó ella.-
Por completo - susurré.La mujer metió la mano entre nuestros vientres, y primero me palpó a mí y después a Alois. Tuve que toser,porque su pecho me oprimía el rostro. Ella se irguió, preguntándome :
- ¿Te gusta ?No respondí, pero cerré los ojos.
- Ya veo - insistió de nuevo -, Alois fornica bien, ¿no te parece ?
- Sí - respondí, al mismo tiempo que empezaba a subir y bajar mis caderas.
- ¿ Recibiste alguna vez algo más agradable que esto ? - quiso saber la niñera.
- ¡No! - dije, pues jamás había experimentado tal deleite.
- ¿Con quién fornicaste las veces anteriores ? - inquirió.
- Con Ferld - repliqué, ya que hacía tiempo que no vivía en la misma casa.
Pero ella quería saber el resto.
- ¿Y con quién más ? - pregunto con voz firme y autoritaria.
Tuve que responderle
- Con Robert.- Continúa
.- Con mi hermano.
Casi al borde de la locura por el placer y la excitación, los nombres me brotaban, y en mi estado de frenesí no reparé en ningún momento en cuáles podrían ser las consecuencias. Por fortuna dejó de hacerme preguntas, pero me dio la impresión de que se le había ocurrido una idea.Me desabotonó el corpiño y lo bajó, descubriendo mis diminutos senos. . Se humedeció los dedos y empezó a jugar con mis pezones, que estaban perfectamente planos. A medida que los acariciaba más y más rápido, como si los lamiera una lengua, se fueron endureciendo e hinchando. Y dado que Alois seguía haciendo un movimiento giratorio en mi interior, como si pretendiera hacerme más grande la rendija, el cosquilleo resulto ser tan intenso que casi me volví loca. Gemí sordamente y murmuré:
- ¡Estoy a punto... estoy a punto !
Respondiendo a cada movimiento, Alois se afanó cada vez con mayor rapidez. Una sensación de calor invadió todo mi cuerpo y me estremecí. Sentía que no podría resistir más tiempo.Alois susurró:
- ¡Y ahora el final... con placer!
A medida que sacaba lentamente el miembro, junté mis piernas con fuerza, temerosa de perderme de la gran sensación que me produciría el final, pero volvió a introducirme el instrumente. Clementina seguía entretanto acariciándome los pechos. Me embargo de la cabeza a los pies la maravillosa sensación que me puso tensa, y alcancé mi meta tres veces seguidas.Emití una breve exclamación, Y Clementina me tapó la boca con la mano. Al eyacular Alois sentí que un cálido torrente se derramaba en mi hendidura, y me vine de nuevo, con lo que fueron cuatro veces. Jamás había logrado esto.

Felix Salten

Manos


Desde que llegaste tus manos están movedizas. Me capturaron hace un rato, mientras conversábamos sobre algo interesante que ya olvidé. Y volvieron al ataque amoroso antes incluso de que nos diéramos el primer beso. Ellas aben lo que quieren, o tal vez no, no saben, y prueban por mis brazos, por mi cintura, mis piernas. Tus manos acarician, claro, pero también pellizcan y raspan y alivian. Tus manos no solamente me tocan: me dan forma.

Sandra Russo
Erótika

19 feb 2009


Algún día tú caminaras por esta casa
y tendremos una larga partida
Africana
te sentarás en el suelo y dirás "Los negros..."
y yo sacaré un brazo
entonces tú - sin darte mucha cuenta -
dirás "Sobre este asunto, hermano..."
y lo deslizaré en mi cabeza
entonces me sofocarás con "La revolución..."
mientras sostengo tu mano en mi estómago
tu continuarás - como siempre lo haces - diciendo
"Eso es algo que no puedo manejar..."
mientras yo moveré tu mano hacia arriba y
hacia abajo
y te quitaré tu dashiki
entonces dirás "Lo que en realidad necesitamos..."
y cuando te quite los calzoncillos
recién notarás que estas desnudo
y conociéndote dirás
"Nikki/
no es esto contrarevolucionario..."

Nikki Giovanni
Seducción

13 feb 2009


-...Tus manos no te pertenecen, ni tus pechos, ni mucho menos ninguno de los orificios de tu cuerpo que nosotros podemos hurgar y en los que podemos penetrar a placer. A modo de señal, para que tengas constantemente presente que has perdido el derecho a negarte, en nuestra presencia, nunca cerrarás los labios, ni cruzarás la piernas, ni juntarás las rodillas (como habrás observado que se te ha prohibido hacer desde que llegaste), lo cual indicará para ti y para nosotros que tu boca, tu vientre y tu grupa están abiertos para nosotros.

"Historia de O"
Pauline Réage / Dominique Aury (1907-1998)

9 feb 2009


El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula.

LA DOBLE LLAMA
Octavio Paz

8 feb 2009


-Tengo celos de lo que me imagino que está haciendo, porque cada uno de esos movimientos los he hecho yo antes que ella, y tengo miedo de la parte mía que está en ella, como cuando nos miramos en el espejo y lo vea a Juan desnudo con una mujer desnuda apretada contra él, y no me importa que esa mujer sea yo misma, porque soy y no soy al mismo tiempo, como Ana, que en este momento no es Ana, porque él está pensando en mí mientras la besa, porque él sabe que yo estoy acá respirando agitada como un animal en celo junto a la puerta.Las piernas de Catalina se apretaron inmovilizando su mano mojada entre los muslos, las ondas surgieron del fondo de algún lado y crecieron en olas sucesivas hacia las paredes inexistentes, que encerraban aquella nada desbordada de sí misma. -No quiero terminar -llegó a decir, mientras los párpados se cerraban sobre los ojos y la boca se abría a la espera del sollozo que la última ola depositó en la costa de su angustia.El llanto explotó en su cara, superó las cejas y plegó la frente hasta los mismos límites del pelo, se demoró en los pómulos y se hundió en las palmas abiertas de sus manos.

No desearás la mujer de tu prójimo
Dalmiro Sáenz

6 feb 2009

Disquisiciones de una mujer cualquiera


Estoy recostada sobre el brazo amado y lo sé, serenamente mío limpiamente mío. Pero cierro los ojos y siento otro cuerpo de hombre junto a mí. Y lo deseo. Atracción de pecado: tentación, sueño ilícito. Tiene el rostro y el cuerpo del que llegó como el primer amor, pero no es aquél adolescente. Este me tienta con una desnudez maravillosa. Y me toca. Yo, madura para el toque, ardo.
Abro los ojos y la tranquila mirada del padre de mis hijos me hace sonreír. Todo está claro. Yo lo amo. Es un sueño turbador. Un soplo de Satán. Entonces, acaricio la mano real que está tan cerca; pero siento que lo hago como pidiendo permiso para “el otro” y empiezo a dejarme asediar nuevamente por su desnudez ardiente detrás de mis ojos cerrados. ¿Cómo hacer para conocer en verdad el pecado, para guardar hasta el juicio final la quemadura del roce prohibido?
¿Qué es lo que deposita esta dulce tentación en mi cuerpo? ¿Es mi cuerpo y es mi mente, que liberan lo que siempre quise y acallé y ahora se escapa?
Me acerco a su desnudez, primera ante mis ojos, me abro. Pero la mano real y la pregunta -¿cansada?- me incorporan al lugar y al hombre.

Disquisiciones de una mujer cualquiera
Gaby Vallejo
Bolivia

11


Él me ama. Me ama tanto que yo huelo la muerte en sus caricias,en su mirada veo el crimen, en cada gesto suyo: la absorción,el tironeo.
En el Espectáculo de Suamor la tierra gira a una velocidad quedeforma mi cuerpo...
Succionada por su sed, yo: una gota de carne horizontal, que élse dispone a chupar, sin pudor alguno.
Espera con espasmos, con ira, con sollozos, el momento justo,enfocado, fatal, de abalanzarse sobre eso y penetrarlo.
Enarbolar ese coágulo de vida, levantarlo como una ofren-da a su espejo.
Haga lo que haga, él ha decidido amarme, izarme en su soledadcomo una bandera santa, sangrienta. Ya me ha condecorado,condenado con Suamor.
Cómo busca en su cuerpo si cada roce sería una profecía; susextremidades como tentáculos traspasarían mis fronteras.
Caer en sus brazos: desbarrancarme por su avidez. Más quetomarme, atravesarme, hincarme en lo puntiagudo de suhistoria, clavarme en su cruz particular, hacerme la virgenmadre de su santuario musculoso.
Devorar algo en mí que todayó le represento, o sea, tenerme,hacerme suya, hacerme de él.
Él, ser eso que soy.
Susana Cerdá

Viacrucis


Cuando entro
y estás poco iluminada
como una iglesia en penumbra
Me das un cirio para que lo encienda
en la nave central
Me pides limosna
Yo recuerdo las tareas de los Santos
Te tiendo la mano
me mojo en la pila bautismal
tú me hablas de alegorías
del Viacrucis
que he iniciado
—las piernas, primera estación-
me apenas con los brazos en cruz
al fin adentro
empieza la peregrinación
nombro tus dolores
el dolor que tuviste al ser parida
el dolor de tus seis años
el dolor de tus diecisiete
el dolor de tu iniciación
muy por lo bajo te murmuro
entre las piernas
la más secreta de las oraciones
Tú me recompensas con una tibia lluvia de tus entrañas
y una vez que he terminado el rezo
cierras las piernas
bajas la cabeza

Cuando entro en la iglesia
en el templo
en la custodia
y tú me bañas

Cristina Peri Rosi

Femenino


Tu grieta se deja ver. A menudo te llevo hacia su orilla. A veces te provoco y te llevo hasta ese lugar tuyo en el que florece lo titilante y lo ambiguo. Te llevo hasta tus dudas. Y algo femenino me saluda. Algo tan nítidamente femenino que no se presta al disimulo. Tu grieta guarda tus esperanzas. Tu visión mágica de la vida. La descripción de tus hijos. Tus sueños. Tu fragilidad. El recuerdo de los partidos que no ganaste, las fotos en las que saliste movido. Tus errores y tus fracasos no son mugre para esconder bajo la alfombra. Allí están, sostenidos por las salientes de la grieta, y no es que ahí dejen de doler, que va, duelen, pero se ven. Solo cierto tipo femenino de valentía. Hasta te diría que el dolor en si mismo es un territorio femenino mas allá de a quien le toque. Y quizás por eso, ahora que lo pienso, cuando reís la tuya es la risa mas fresca del jardín.

Sandra Russo
Erótika

6 ene 2009

No hagas tango


Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa. En la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame, loco) el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a ceder, al juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa de kilómetros de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose, besándose, la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho sombrío, triste, reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose en el puro goce de ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango, perdóname, Macho, ahora te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase mi rey, pase mi huésped, entra mi negro, mátame. Él estaba acostado en la blanca cama de espuma, con la mulata que había nacido en Pekín porque su padre era embajador -espérame tantito ¿quieres?- y ella seguía hablando desde el baño, orinando su dulce miel como un verso de Neruda, volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te agrada tu novia? hablando como una popi, paseándose desnuda por la recámara, excitándolo, contándole sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre negra que su padre se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me pudo querer. Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que le contara historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor, más amistosa, no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado en la casa del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre, yo no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista, claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise equivocarme, quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme en ese Todo como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un podrido viejo cargado de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó en el mar. ¿Por qué te cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame un tango, cántale un tango a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó a llorar porque ahora era una niñita sola en el mundo, no era la Diosa ni la mulata de Baudelaire, sino una pobre muchacha pidiendo que le cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo él y le cantó el tango de la casita de mis viejos y otros tangos con patios y mujeres enfermas y jazmines. Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba muerto, estaba acariciando los hermosos pechos de su amiga, las caderas inmensas, el sudor de los muslos, trepando por ella como por el Árbol de la Vida que tenía en su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca, del suave pulque de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra vez y se durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi, dijo el hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche, esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero no era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía de Dios, dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole el vello del pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora soy tu niña ¿quieres? bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano de la noche. Él miró la cabeza de la mujer allá abajo, la boca, la mata del pelo oscilando en un movimiento loco de polea, en una frenética negación, su propio pene como un péndulo de delirio. Mi rey. Mi negro. Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo, la yegua negra en un campo de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que voy, espérame. Los cuerpos quedaron extenuados. La madrugada empezaba a filtrarse por las ventanas, el día, la certidumbre de despertar. El hombre miró a su amiga que dormía. Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria, tangos, tangos, tangos de cuando era demasiado joven, cuando la revolución era una palabra, un improbable porvenir y no esos militantes entre los que no estaba, sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma de su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación, mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó. Le dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno, pero ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete. Están matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que lo que escribo sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos con alambres de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó la mujer. El hombre se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y prometió no hacer tango. Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel abandonados en el vasto mundo. Entonces se durmió. Pobre amor -dijo la mujer mientras acariciaba la cabeza del hombre dormido- estás lleno de sueños, de la podredumbre de los sueños. Creo que te mereces un descanso.

19 jun 2008

Marea del Yin


Primero él ha de mojar dulcemente
su tallo de bambú en la miel que cubre
los pétalos del loto.
Es entonces que ella debe introducírselo
hasta la empuñadura
para imitar después la cadencia del mar
en las noches de verano.

Exquisiteces de
El Florido Byte

2 jun 2008


" Los amantes incorporan el mundo entero a su totalidad. Todas las imágenes clásicas de la poesía amorosa lo confirman. El río, el bosque, el cielo, los minerales de la tierra, el gusano de seda, las estrellas, la rana, el búho, la luna, demuestran el amor del poeta. La poesía expresa la aspiración a esa correspondencia, pero es la pasión la que la crea. La pasión aspira a incluir el mundo entero en el acto de amar. El hecho de querer hacer el amor en el mar, volando por el cielo, en esta ciudad, en aquel campo, sobre la arena, entre las hojas caídas, con sal, con aceite, con frutas, en la nieve, etc., no significa que se precisen nuevos estímulos, sino que expresa una verdad que es inseparable de la pasión. La totalidad de los amantes se extiende, de manera diferente, a fin de incluir el mundo social. Todos los actos, cuando son voluntarios, se llevan a cabo en nombre de la persona amada. Lo que el amante cambia entonces en el mundo es una expresión de su pasión.
(...)
La totalidad de la pasión oprime (o socava) al mundo. Los amantes se aman con el mundo. (Al igual se podría decir que con todo su corazón o con sus caricias.) El mundo es la forma de su pasión, y todos los sucesos que experimentan o imaginan constituyen la iconografía de su pasión. Por eso la pasión está dispuesta a arriesgar la vida. Se diría que la vida es tan sólo la forma de la pasión. "

John Berger
El sentido de la vista

21 may 2008


" En aquel hotel de Agay, pensaban sólo en sí mismos y en conocerse por completo, en abrir sus vidas entre dos vínculos, atractivamente habituales. Noches similares, rostros fatigados, pausas seductoras, y dejaba ella correr sus dedos por el hombro desnudo del amante para expresarle su recompensa o deslumbrarle y él cerraba los ojos, sonreía de placer. Reposaban abrazados de sus significativas penalidades, se dormían después de tiernos susurros y glosas, emergían del sueño para acercar sus labios o para unirse mejor el uno al otro, o confusamente yacer, medio dormidos, o furiosamente encontrados, repentinamente dispuestos. Y proseguía luego el sueño conjunto, tan grato. ¿Cómo no dormir juntos? Al amanecer, él la abandonaba dulcemente, velando por no despertarla y se iba a su cuarto. A veces ella abría los ojos. No me dejes, gemía. Pero él se desprendía de sus brazos que lo retenían ligeramente, la tranquilizaba, le aseguraba que no tardaría en volver. Sus alejamientos matutinos eran porque no quería que ella lo viese imperfecto, sin afeitar ni bañar. "
Albert Cohen
Bella del Señor (fragmento)
" Ya no sentían gran pasión. Encontraban el placer al cabo de una cordialidad pausada, de la familiaridad de sus hábitos y prácticas, del acoplamiento firme y preciso de sus cuerpos, tan confortable como un modelo devuelto a su molde. Eran generosos y pausados, y no necesitaban mucho. Pero si alguien les hubiera dicho que se aburrían, lo habrían negado con indignación.
(...)
Después, una palabra pareció repetirse a sí misma, una palabra suave y resonante, generada por la carne al deslizarse sobre la carne, una cálida, susurrante y equilibrada palabra: casa; estaba en casa, protegido, a salvo, y por lo tanto capaz de proteger: la casa que poseía y que le poseía. En casa: ¿por qué iba a estar en ningún otro lugar? ¿No era una pérdida de tiempo hacer cualquier otra cosa que no fuera eso? El tiempo se redimía, el tiempo asumía de nuevo todo su sentido porque era el medio para la culminación del deseo. "

Ian McEwan
Entre las sábanas (fragmento)

13 may 2008


"...Mi mujer vuelve a acomodarse y ambos quedan tendidos en el espacio entre la mesa y la pared, acariciándose apenas. Alcanzo a distinguir cómo se eriza la piel de mi mujer. Llega un momento en que los dos parecen estar dormidos. Siento mi miembro erecto aplastado por la pila de carpetas, que empieza a ceder, recorrido por un dolor entre angustioso y gratificante, retenido.
Lo primero que se mueve es la mano del hombre, que vuelve a acariciar y después a introducirse en el surco de las nalgas, destacándose morena contra el blanco purísimo de la piel de mi mujer, que despierta con un estremecimiento de todo el cuerpo.El temblor parece transmitirle energía al hombre, que toma a mi mujer y la alza en peso, mientras él se entrepara. Mi mujer alcanza a aferrar con los brazos los dos pilares de la U de madera, y resiste el embate rítmico del hombre por detrás. Ahora sí abre los ojos de par en par y me mira fija, hipnóticamente, hasta que se ve obligada a cerrarlos cuando ambos llegan por segunda vez al orgasmo.
La mesa se ha sacudido casi hasta descolarse, una de las carpetas se ha desplazado de la pila y ha caído, pero sin sacarlos del trance animal en que se mueven.Ya me duele el brazo, y la erección ha desaparecido: siento todo el cuerpo al borde del calambre. Pienso que tal vez vuelvan a caer, a relajarse, dormirse: son las cinco menos diez.
Pero el rostro de mi mujer, que se ha echado hacia atrás esquivando hábilmente el borde de la mesa para quedar unos instantes de rodillas junto a las piernas del hombre, sufre una transformación horrible: recobra en un segundo los rasgos cotidianos, la leve arruga nerviosa en la comisura izquierda de los labios, el gesto general alerta, defensivo. Cuando la mano del hombre intenta acariciarle la espalda, ella se la aparta, eficaz y terminante, mientras le dice que tiene que ir ya mismo a buscar a nuestros hijos a la escuela.
No sé de qué manera, pero el hombre expresa con las piernas (por las que el pantalón ha bajado hasta formar una especie de pedestal informe), con las manos, incluso con el miembro, que ha recibido el mensaje, el baldazo de agua fría. Una de las manos baja despacio y alza la enagua de mi mujer, aquella de seda ocre que le compré en Harrod's para nuestro quinto aniversario. Pienso que va a alcanzársela, pero lo que hace es limpiarse con cuidado el miembro, mientras con la otra mano se sube primero los pantalones y toma después su ropa.
Mi mujer se ha puesto con rapidez el vestido violeta, los zapatos. Nuevamente les veo sólo las piernas, las del hombre ahora inmóviles mientras se abrocha la camisa, las de mi mujer moviéndose, taconeando hasta perderse cortadas por el borde de la puerta que da al pasillo. Reconozco el ruido a vidrios flojos de la puerta del baño. Advierto que se ha llevado la enagua.
Vuelve un segundo después. Por un instante las piernas de los dos reproducen con tal perfección la posición de cuando entraron, que temo ver cómo las de mi mujer se apoyan otra vez contra al puerta y cómo otra vez los tacos del hombre me apuntan, para recomenzar. Pero es una décima de segundo que no detiene los pasos firmes de mi mujer, el tirón de la puerta al abrirse, el ruido que hace al cerrarse, sofocado por la humedad, casi neumático, y los pasos que se alejan hacia el ascensor.
Ahora sí, con cierta dificultad, podré pararme."

Elvio Gandolfo
La oscuridad bajo la mesa