18 jul 2006

17

Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo, con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada uno de sus poros surgía una especie de uña que me perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas; hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se incrustaba en mi sexo, recipitándome en una serie de espasmos exasperantes. Era inútil que le escupiese en los párpados, en las concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota de lacre erretido, sus encías continuaban sorbiendo mi desesperación; y antes de bandonarme me dejaba sus millones de uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder echarme una gota de yodo en cada una de las heridas... ¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la predilección de los súcubos!

Oliverio Girondo
"Espantapájaros", 1932

15 jul 2006

Puro erotismo


" Era un pusilánime. Hasta se sintió vulgar, despreciable, porque apenas la espiaba de reojo, como un voyeurista adolescente que miraba calzones en los tendederos y se masturbaba imaginándose los contenidos. Cerró los ojos con fuerza, y terminó el cigarrillo fastidiado consigo mismo, nervioso y ya casi convencido de que la batalla estaba perdida. Pero, ¿por qué? Si él tenía el sexo hecho un monumento al acero de doble aleación, y sabía muy bien cómo manejar a semejante muchacha, y la colocaría así, y le besaría aquí, y la acariciaría allá, y otro poquito así, y ay, a medida que se imaginaba todo, y la veía desnuda, encandilado por el brillo incomparable (seguro, debía ser así) de su sexo profundo, negro, vertical y jugoso como durazno de estación, a medida que fantaseaba se turbaba más pero también se dolía porque empezaba a pensar, a darse cuenta de que esos pechos magníficos, esa piel oscura y brillosa y como bañada en aceite de coco, esas piernas monumentales como obeliscos paralelos, no serían para él. Le empezó a doler la cabeza. Cerró los ojos y se dijo que lo mejor era dormirse. Llegarían a Nueva York al amanecer. "

Mempo Giardinelli
Puro erotismo

10 jul 2006

Pasmo de los mapas


En cada encuentro investigaba su cuerpo con vehemencia. Recorría las venas de los senos y contemplaba la tensión en los pezones. Remontaba la espalda y buscaba los huecos que crecían entre las escápulas como dunas cambiantes; paladeaba todos sus sabores y calibraba con los labios la longitud del vello apenas evidente. Cuando una noche, tomado del hastío de lo frecuentado, se disponía a marcharse, descubrió bajo la axila una peca rojiza y se hundió de nuevo en el periplo.

Marcos Taracido
"Pasmo de los mapas"

3 jul 2006

Responso


A su nombre que no sé
a su nombre de dos sílabas y gracias
a su sangre desarropada hasta el puro bostezo
a la madrugada que hoy hizo ejercicios de niebla
entre sus senos
a su carne fatigada de manos al saqueo
a su cuerpo al instante
a su piel rebuscándose el cuerpo
a su cuerpo
a todo eso que esta ahí, dando la vuelta, con la
calle al cuello.

dejo el aumento
y esta flor de sangre
en el vaso
donde bebo y
quedo…

(no quería tocarla, no quería, aún no lo quiero,
hubiera querido mi acordeón para tocarla
hubiera querido llevarla de la mano a jugar a los
muertos de amor y de miedo.
hubiera querido mimarla sin espejos en un puerto
decirle monosílabos
amarle el cuello un hombro
cualquier cosa…

Hubiera querido tener un sombrero para decirle
adiós)

Alberto Szpunberg
de "Poemas de la mano mayor"

22 jun 2006

Justo ahí


"¿El lenguaje más erótico de un cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre? En la perversión (que es el régimen del placer textual) no hay "zonas erógenas"; es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pullóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición - desaparición..."

Roland Barthes
El placer del texto

21 jun 2006

Manual de pintura y caligrafía


"...«Mi amor», dijiste, y yo lo dije, abriéndote mi puerta toda, y entraste. Abrías mucho los ojos al avanzar hacia mí, para verme mejor o más de mí, y posaste tu bolso en el suelo. Y antes de que yo te besara, dijiste, para que lo pudieses decir serena: «Vengo a quedarme esta noche contigo». No viniste ni pronto ni tarde, viniste a la hora cierta, en el minuto exacto, en el preciso y precioso descansillo del tiempo en el que yo podía esperarte. Entre mis pobres cuadros, rodeados de cosas pintadas y atentas nos desnudamos. Tan fresco tu cuerpo. Ansiosos, y no obstante sin prisa. Y luego, desnudos, nos miramos sin vergüenza, porque el paraíso es estar desnudo y saber. Despacio (sólo despacio podría ser, sólo despacio) nos acercamos, y, ya cerca, de repente unidos, y trémulos. Apretados el uno contra el otro, mi sexo, tu vientre, tus brazos cruzados sobre mi cuello, y nuestras bocas, lenguas, y los dientes, respirándose, alimentándose, hablando sin palabras dichas, en un gemido interminable, como una vibración, letras inarticuladas, pausa. Nos arrodillamos, subimos el primer peldaño, y luego lentamente, como si el aire nos amparase, caíste de espaldas y yo sobre ti, tan desnudos, y luego rodamos desnudos, tú sobre mi cuerpo, tu pecho elástico, y los muslos cubriéndome, y los muslos como alas. Sobre mi nos unimos y rodamos otra vez, yo sobre ti, tu pelo ardiendo, ahora mis manos abiertas sobre el suelo como si sobre los hombros sostuviera el mundo, o el cielo, y en el espacio entre nosotros dos las miradas tensas, luego turbadas, y el rugir de la sangre fluyendo y refluyendo en las venas, en las arterias, latiendo en las sienes, barriendo bajo la piel el cuerpo y el cuerpo. Somos nosotros el sol, las paredes ruedan, los libros, los cuadros, Marte, Júpiter, Saturno, Venus, el minúsculo Plutón, la Tierra. He ahí ahora el mar, no mar largo y océano, sino la ola desde el fondo apretada entre dos paredes de coral y subiendo, subiendo hasta estallar en espuma, chorreante. Murmullo o secreto de aguas derramadas sobre los musgos. La oleada retrocede hacia el misterio de las fosas submarinas, y tú dijiste: «Mi amor». Alrededor del sol, los planetas vuelven a su grave, lenta caminata, y nosotros que estamos lejos los vemos ahora parados, otra vez cuadros y libros, y paredes en vez de cielo profundo. Es de noche otra vez. Te levanto del suelo, desnuda. Te apoyas en mi hombro y pisas el mismo suelo que yo. Mira, son nuestros pies, herencia enigmática, plantas que dibujan, ellas, el poco espacio que ocupamos en el mundo. Estamos en el marco de la puerta. ¿Sientes la película invisible que hay que romper, el himen de las casas, desgarrado y renovado? Dentro hay un cuarto. No te prometo el cielo claro y las nubes lentas de Magritte. Estamos los dos húmedos como si hubiéramos salido del mar y entramos como en una caverna donde la oscuridad se siente en el rostro. Una pequeña luz apenas. Cuanto baste para verte y para que me veas. Te acuesto en la cama, y tú abres los brazos y planeas sobre la página blanca. Me inclino sobre ti, es tu cuerpo que respira, falda de montaña y fuente. Tienes los ojos abiertos, tienes los ojos abiertos siempre, pozos de miel luminosa. Y tus cabellos arden, campo de trigo maduro. Digo «Mi amor» y tus manos descienden sobre mi desde la nuca a la raíz de la columna. Hay en mi cuerpo una antorcha. Se abren otra vez, alas, tus muslos. Y suspiras. Te conozco, reconozco donde estoy: mi boca se abre sobre tu hombro, mis brazos en cruz acompañan a tus brazos hasta los dedos clavados con una fuerza que no es nuestra. Como dos corazones, nuestros vientres laten. Gritaste, amor mio. Es todo el cielo el que grita sobre nosotros, parece que todo va a morir. Ya soltamos las manos, ya ellas se perdieron y encontraron, en las nucas, el pelo, y ahora abrazados esperamos la muerte que se acerca. Te estremeces. Me estremezco. Nos vemos sacudidos de la cabeza a los pies, y nos agarramos al borde de la caída. No se puede evitar. El mar va entrado ahora mismo, nos hace rodar sobre esta playa blanca, o esta página, revienta sobre nosotros. Gritamos, sofocados. Y yo dije «mi amor». Duermes, desnuda, bajo la primera luz de la mañana, veo tu seno recortado en el contraluz de la impalpable película de la puerta. Despacio, poso mi mano en tu vientre. Y respiro, sosegado."

José Saramago
"Manual de pintura y caligrafía"
Alfaguara, Buenos Aires, 1999

15 jun 2006

Pequeñas lecciones de erotismo


Recorrer un cuerpo en su extensión de vela
es dar la vuelta al mundo
atravesar sin brújula la rosa de los vientos
islas golfos penínsulas diques de aguas embravecidas
no es tarea fácil - si placentera -
no creas hacerlo en un día o noche de sábanas explayadashay secretos en los poros para llenar muchas lunas

II

El cuerpo es carta astral en lenguaje cifrado
encuentras un astro y quizá deberás empezar
corregir el rumbo cuando nubehuracán o aullido profundo
te pongan estremecimientos
cuenco de la mano que no sospechaste

III

repasa muchas veces una extensión
encuentra el lago de los nenúfares
acaricia con tu ancla el centro del lirio
sumérgete ahógate distiéndete
no te niegues el olor la sal el azúcar
los vientos profundos cúmulos nimbus de los pulmones
niebla en el cerebro
temblor de las piernas
maremoto adormecido de los besos

IV

Instálate en el humus sin miedo al desgaste sin prisa
no quieras alcanzar la cima
retrasa la puerta del paraíso
acuna tu ángel caído revuelvele la espesa cabellera con la
espada de fuego usurpada
muerde la manzana

V

Huele
duele
intercambia miradas saliva impregnate
da vueltas imprime sollozos piel que se escurre
pie hallazgo al final de la pierna
persíguelo busca secreto del paso forma del talón
arco del andar bahías formando arqueado caminar
gústalos

VI

Escucha caracola del oído
como gime la humedad
lóbulo que se acerca al labio sonido de la respiración
poros que se alzan formando diminutas montañas
sensación estremecida de piel insurrecta al tacto
suave puente nuca desciende al mar pecho
marea del corazón susúrrale
encuentra la gruta del agua

VII

Traspasa la tierra del fuego la buena esperanza
navega loco en la juntura de los océanos
cruza las algas ármate de corales ulula gime
emerge con la rama de olivo llora socavando ternuras ocultas
desnuda miradas de asombro
despeña el sextante desde lo alto de la pestaña
arquea las cejas abre ventanas de la nariz

VIII

Aspira, suspira
muérete un poco
dulce lentamente muérete
agoniza contra la pupila extiende el goce
dobla el mástil hincha las velas
navega dobla hacia Venus
estrella de la mañana
- el mar como un vasto cristal azogado -duérmete naúfrago

Gioconda Belli

30 abr 2006

Misa del árbol


"Querida Una estaba tendida en la mesa, era en el pasto pero parecía la mesa, como esperando el regalo, sin mayor apuro ni sorpresa.
El tironeaba de la enagua en flor advirtiendo con espanto que la enagua procedía de ella, estaba hecha de su misma leve carne, sujeta con pedúnculos vivos a todo el cuerpo.
Era una gran enagua sexual, todo de ovarios, todo de clítoris recios, como pimpollos de rosas rojas en hilera.
-Esta usted colmada...Hay muchos, varios -le decía él, triste sin saber porqué, y gozosamente.
Buscaba enceguecido entre todo el vuelo, como eligiendo.
Debería haber un punto único, el nervio central que atacar.
Lástima que ella no guiase en nada.
Era terrible aquel delantal."

Marosa Di Giorgio
fragmento de "Misa del árbol"
"Misales", 1993

4 abr 2006

Ligazon

Ella desnuda y yo desnudo
y no hay mucho más que me importe.
Las cosas caen al suelo
como habiendo estado siempre en ese sitio,
así caigo yo en ella.

Ella apunta sus rodillas
hacia dos constelaciones
y es entonces la pelviana letanía,
la ligazón oscura con la tierra.

Pedro Mairal
de "Tigre como los pájaros"



30 mar 2006

Somos


Que somos...
Vos, el sello de mil bocas en mi cuerpo.
Yo, la marca de mis uñas en tu espalda.

Y nosotros... ?
Nosotros no somos.
Somos fuego -después cenizas-.

Somos nada.

26 mar 2006

Por favor amo

por favor amo puedo tocar su mejilla
por favor amo puedo arrodillarme a sus pies
por favor amo puedo aflojar sus pantalones azules
por favor amo puedo mirar su vientre de vello dorado
por favor amo puedo bajar suavemente sus calzoncillos
por favor amo puedo tener sus muslos desnudos ante mis ojos
por favor amo puedo sacarme la ropa bajo su silla
por favor amo puedo besar sus tobillos y su alma
por favor amo puedo poner mis labios en su musculoso muslo sin vello
por favor amo puedo dejar mi oreja apretada sobre su estómago
por favor amo puedo envolver en mis brazos su culo blanco
por favor amo puedo lamer su entrepierna rizada de suave pelusa rubia
por favor amo puedo tocar con la lengua su orto rosado
por favor amo puedo pasar la cara por sus bolas,por favor amo,

por favor míreme a los ojos
por favor amo ordéneme bajar al suelo,
por favor amo dígame que lama su gruesa verga
por favor amo ponga sus manos recias sobre mi cráneo peludo calvo
por favor amo apriete mi boca contra su corazón-príapopor favor amo hunda mi rostro en su vientre, lléveme lentamente bien sujetohasta que su dureza muda me llene la garganta hasta el fondohasta que trague y saboree su delicado y tibio cañón punzante venoso-
Por favor amo aparte mis hombros y míreme fijo y hágame inclinar sobre la mesa
por favor amo agarre mis muslos y levante mi culo hasta su cintura
por favor amo la recia caricia de su mano en mi cuello su palma en mi trasero
por favor amo levánteme, mis pies sobre sillas, hasta que mi hoyo sienta el aliento
de su saliva y la caricia de su pulgar
por favor amo hágame decir
Por Favor Amo Cójame ahora
Por FavorAmo engráseme las bolas y la boca peluda con dulces vaselinas
por favor amo acaricie su pija con blancas cremas
por favor amo apoye la cabeza de su pito en mi arrugado hoyo esencial
por favor introdúzcalo suavemente, sus codos enlazados en mi pecho
sus brazos descendiendo hasta mi vientre, mi pene toque con su dedo
por favor amo métamela un poco, un poco, un poco,
por favor amo hunda su enorme cosa en mi trasero y por favor amo
hágame mover el culo para que se coma el tronco de la pija
hasta que mis nalgas acaricien sus muslos, mi espalda arqueada,
hasta que sólo esté mi erección, su espada clavada vibrante en mí
por favor amo salga y deslícese lentamente hasta el fondo
por favor amo láncela otra vez, y retírese hasta la punta
por favor por favor amo cójame otra vez con su ser, por favor cójame
Por FavorAmo empuje hasta que me duela la suavidad la Suavidad
por favor amo hágale el amor a mi culo, dé cuerpo al centro y cójame
para siempre como a una chica
con ternura agárreme por favor amo yo me llevo a Usted,
por favor amo meta en mi vientre la misma dulce cruz caliente
que manoseó en soledad Denver o Brooklyn
o clavó en alguna virgen en estacionamientos de París,
por favor amo condúzcame su vehículo, cuerpo de gotas de amor, de polvo sudoroso,
cuerpo de ternura, cójame a lo perro más rápido
por favor amo hágame gemir sobre la mesa
gemir Oh por favor amo cójame asía su ritmo vibre clave afuera-adentro-rebote y presione
hasta que yo afloje mi orto un perro sobre la mesa aullando con terror y deleite
que lo amen Por Favor amo dígame perro,
bestia anal, orto húmedo, y cójame más fuerte mis ojos ocultos con sus palmas
en torno de mi cráneo y zambúllase en latigazo de fuerza brutal por suave carne goteante
y vibre cinco segundos hasta disparar su calor de semen
una y otra vez, clavándola mientras grito su nombre
lo amo
por favor Amo.

Por favor amo
Allen Ginsberg

Mayo 1968

13 feb 2006

Erótica

Tu placer es lento y duro
viene de lejos
retumba en las entrañas
como las sordas
sacudidas de un volcán
dormido hace siglos bajo la tierra
y sonámbulo todavía

Como las lentas evoluciones de una esfera
en perpetuo e imperceptible movimiento
Ruge al despertar
despide espuma
arranca a los animales de sus cuevas
arrastra un lodo antiguo
y sacude las raíces

Tu placer
lentamente asciende
envuelto en el vaho del magma primigenio
y hay plumas de pájaros rotos en tu pelo
y muge la garganta de un terrón
extraído del fondo
como una piedra.

Tu placer, animal escaso.

Cristina Peri Rossi
"Erótica"

20 dic 2005

La mujer estaba desnuda...

La mujer estaba desnuda.

Llegó un hombre,
descendió a su sexo.
Desde allí la llamaba
a voces cóncavas,
a empozados lamentos.
Pero ella
no podía bajar
y asomada a los bordes sollozaba.

Después, la voz, más tenue
cada día,
ya se iba perdiendo en remotos vellones.

La mujer sollozaba.

Tendió grandes pañuelos
en las lámparas rotas.

Vino la noche.

Y la mujer abrió de par en par
sus inexhaustas puertas.

José Angel Valente

18 dic 2005

Madrugada

La madrugada la encontró en la mitad de una película, la tercera de las que había alquilado para no tener que hacer nada inconveniente o fastidioso, como pensar. Vió la claridad despuntar entre las sombras de su patio y recordó la última vez que había visto amanecer desde su cama. Fue un fin de semana, sólo un par de semanas atrás. El había venido en mitad de la noche sin excusas, sólo para hacerle el amor . Y así lo hicieron, sin excusas, en la semioscuridad de lo que estaba muriendo y lo que empezaba a nacer. Se acariciaron, besaron , tropezaron y rieron, buscando en cada rincón de la casa el lugar propicio para el deseo. .
Ella quedo exhausta, con una sensación de infinita saciedad, temblándole las piernas y el pecho. Conversaron largamente, como siempre lo hacían. Esa noche el le dijo –después de un silencio, esos silencios compartidos que lejos de ser incómodos eran cómplices - que le gustaba hablar con ella. Lo dijo como quien dice una revelada certeza, pero con una simpleza tan espontánea que no guardaba dudas. Lo abrazó y dijo a su vez que a ella tambíen. Que era la segunda cosa que le gustaba hacer con él, lo cual era absolutamente cierto.
Al percibir las primeras luces –justo en el preciso instante como en el que ahora lo recordaba- se volvió y entró en ella nuevamente, como queriendo beberle los últimos estertores a la noche. Ya no con la ansiedad del deseo como horas atrás . Esta vez tomaron su tiempo para sentirse. Acabó dentro de ella, y se deshizo en un abrazo que lo dejó frágil sobre sus pechos, rendido y sin fuerzas.
Acarició su cabeza como a un niño, durante minutos como horas.
Sacudió la cabeza como queriendo apartar esas imágenes. Fué hacia la ventana cansinamente y cerró despacio las persianas, tapando el sol que ya estaba tomando su lugar en el cielo.
Abrazó su almohada y después -mucho después- quedó dormida.

14 dic 2005

Cartas ardientes: Henry Miller

"Eres la primera mujer que conozco que combina coño e inteligencia, o espíritu, o alma. Y lo creo en serio. Eres terriblemente sexual (no sólo sensual) y al mismo tiempo pura como un ser etéreo. El nombre de Venus te va a la perfección. Venus-Afrodita. De no haber sido Venus podría haber sido Juno (sin el pavo). Y hablando de pollas, me tomaste por sorpresa cuando hiciste esa pregunta en la mesa la otra noche. Las únicas pollas que yo conozco que pueden ser sopesadas son aquellas que joden mucho. Y, sin embargo, un hombre como George Raft, que tenía el hábito de dormir cada noche con una mujer diferente, tuvo siempre la misma polla que de adolescente, de acuerdo con mi amigo Joe Gray que era un buen amigo suyo. Muchos hombres con pollas inusualmente grandes tienen problemas. Las prostitutas les hacen pagar el doble, las mujeres normales con sexos normales no quieren saber nada de esos anormales, a pesar de lo cual las mujeres fantasearán siempre acerca de pollas enormes ¿no te parece?
Herriot, primer ministro francés y hombre de extensa cultura, la tenía tan grande que debía atársela a la pierna.
Para una mujer, la cosa suprema es tenerlo mas bien grande y profundo, que se adapte como un guante. Y debería estar equipado con mil lombrices o su equivalente. Algunos coños habría que llamarlos coños risueños.

Otros son mas bien aburridos, solemnes y secos como un hueso..."

Carta de Henry Miller a su amante Brenda Venus,
fechada el 17 de setiembre de 1976
"Cartas ardientes"
Océano Group, Barcelona, 2001

8 dic 2005

Las vírgenes suicidas

"...Lux se acercó a Chase Buell. Se acercó tanto que su aliento agitó levemente el cabello del chico. Y entonces, delante de todos, le desabrochó el cinturón. Ni siquiera tuvo que bajar la vista. Los dedos veían el camino y sólo una vez se equivocaron, lo que la obligó a hacer un movimiento con la cabeza, como el músico que falla una nota fácil. Todo el tiempo Lux tuvo los ojos clavados en los de Chase, encaramada siempre en las esferas de sus pies, y era tal el silencio de la casa que hasta oímos cómo le desabrochaba los pantalones. El ruido de la cremallera descendió por nuestra columna vertebral. Nadie se movió. Chase Buell no se movió. Los ojos de Lux, fuego y terciopelo, brillaban en la semipenumbra. En el cuello le palpitaba suavemente una vena, aquella en la que se supone que hay que poner el perfume precisamente por esa razón. Aunque se lo hacía a Chase Buell, todos teníamos la impresión de que nos lo hacía a nosotros, que se acercaba y nos poseía como sabía que podía poseernos..."

Jeffrey Eugenides.
Las vírgenes suicidas
Anagrama, Barcelona, 1993

1 dic 2005

No es nada de tu cuerpo

No es nada de tu cuerpo
No es nada de tu cuerpo,ni tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre,
ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
No es tu boca-tu boca
que es igual que tu sexo-,
ni la reunión exacta de tus pechos,
ni tu espalda dulcísima y suave,
ni tu ombligo, en que bebo.
No son tus muslos duros como el día,
ni tus rodillas de marfil al fuego,
ni tus pies diminutos y sangrantes,
ni tu olor, ni tu pelo.
No es tu mirada -¿qué es una mirada?-
triste luz descarriada, paz sin dueño,
ni el álbum de tu oído, ni tus voces,
ni las ojeras que te deja el sueño.
Ni es tu lengua de víbora tampoco,
flecha de avispas en el aire ciego,
ni la humedad caliente de tu asfixia
que sostiene tu beso.
No es nada de tu cuerpo,
ni una brizna, ni un pétalo,
ni una gota, ni un gramo, ni un momento:

Es sólo este lugar donde estuviste,
estos mis brazos tercos.

Jaime Sabines
"No es nada de tu cuerpo"

29 nov 2005

El vasco y Bijou

"-¿Qué vas a hacer?- dijo ella. -No tengo vellos en mis piernas-.
-Sé que no los tienes. Muéstralas-. Ella las extendió. Eran tan lisas que verdaderamente parecían pulidas. Brillaban como alguna madera pálida preciosa, sumamente bruñida, sin vellos, ninguna vena, ninguna brusquedad, ninguna cicatriz, ningun defecto. Los tres hombres se inclinaron hacia sus piernas. Cuando ella las sacudió, el vasco las cogió contra su pantalón. Entonces él levantó su falda mientras ella luchó para bajarla nuevamente.Él pidió a los tres hombres que la sostengan. Al principio Bijou se retorció pero luego se dió cuenta que era menos peligroso quedarse inmóvil, ya que él afeitaba con cuidado su vello púbico, comenzando en los bordes, donde este se pone escaso y brillante sobre su vientre de terciopelo. El vientre bajaba allí en una suave curva. El vasco enjabonó; luego sacó con cuidado el pelo y el jabón con una toalla. Con sus piernas fuertemente apretadas los hombres no podían ver nada salvo el pelo, pero el vasco habiendo alcanzado con el afeitado el centro del triángulo, logró dejar expuesto un suave promontorio. La sensación del frío filo de la navaja agitó a Bijou. Ella estaba media enfadada, con un confuso sentimiento. Tenía la intención de no exponer su sexo, pero el afeitado revelaba la zona donde la suavidad bajaba en una fina y curvada línea. Esto mostró el brote de la apertura, la carne suave doblada que incluía el clítoris, la inclinación donde los labios se hacían más coloreados. Quiso alejarse pero tuvo miedo del ímpetu del filo. Los tres hombres inclinados la sostenían y miraban. Ellos pensaron que el vasco se detendría allí. Pero él le ordenó separar sus piernas. Ella sacudió sus pies contra él, y esto sólo logró excitarlo más. Él dijo otra vez, -Separa tus piernas. Allí hay más pelo-. La obligaron a abrirlas, y él con cuidado comenzó a afeitar otra vez el escaso pelo delicadamente rizado, sobre cada lado de la vulva.Y esta vez todo había quedado expuesto -una larga boca verticalmente colocada, una segunda boca no abierta como la boca de la cara, pero la cual se abriría sólo si ella decidiera empujar un poco. Pero Bijou no empujaría, y ellos sólo podrían ver dos labios cerrados, cercando el camino.El vasco dijo -Ahora ella se ve como las pinturas de aquella mujer, verdad?-Pero en las pinturas la vulva estaba abierta, los labios separados, mostrando la capa pálida interior como el interior de los labios de la boca. Esto Bijou no lo mostraría. Una vez afeitada, ella había cerrado sus piernas otra vez.El vasco dijo, -Te haré abrir allí.-Quitó el jabón del cepillo. Luego cepilló los labios de la vulva, arriba y abajo, con cuidado. Al principio, Bijou se contrajo completamente. Las cabezas de los hombres yacían más cercanas. El vasco, sosteniendo sus piernas contra su erección, meticulosamente cepilló la vulva y la punta del clítoris. Los hombres vieron que Bijou no podía mantener contraídos sus nalgas y sexo, y a medida que el cepillo se movía sus nalgas rodaron un poco hacia adelante e imperceptiblemente los labios se separaron. La desnudez expuso cada matiz de su movimiento. Ahora los labios se separaron más y expusieron una segunda aureola, de una sombra pálida y Bijou empujaba como si fuera a abrirse. Su vientre se movía acompasadamente, aumentando y cayendo. El vasco se inclinó más firmemente contra sus piernas retorcidas.-Deténte- pidió Bijou, -Détente-. Los hombres podrían ver el rezumamiento de humedad de ella. El vasco se paró, no queriendoles dar más placer, reservandoselo más tarde para sí mismo..."

"El vasco y Bijou"
de Delta de Venus - Anaïs Nin

27 nov 2005

El otro sexo oral

¿Por qué cuesta tanto articular palabras que abundan en la mente y pugnan por salir cuando la sangre acude ahí donde se la llama? A continuación un homenaje al sentido más menospreciado del sexo: el oído.
No es sólo la humedad de la punta de una lengua hurgando en los laberintos de la oreja lo que puede dar un tirón en la entrepierna, como si desde allí colgara una plomada que obliga a apretar los muslos y es capaz de erguir en tótem cada pelo sobre la piel. Por ese orificio a veces menospreciado del oído penetran, insistentes, unas cuantas letras como canto rodado cayendo al vacío de un aljibe y encuentran su eco bien abajo, allí donde las caricias son el lugar común del sexo. A veces ni siquiera son letras, sonidos nada más que parecen emerger de otro abismo, del abismo del otro (la otra) que es posible ser cuando el abandono lo permite y no hay más brújula que saciar una sed morosa, que prefiere la sal antes que el agua porque sabe que en el alivio está el fin y volver a empezar es una aventura incierta (a menos que se tengan 20 años, claro). Unas pocas palabras, casi siempre las mismas –a juzgar por la experiencia, los testimonios, lo leído–, que huyen del decoro y abominan de lo correcto so pena de perder su eficacia de estilete, de punzón, de zanahoria en las narices del deseo. Esas que se dicen cuando el sudor es un vestido y un ruido como de focas chapaleando en la orilla se desprende de los cuerpos que se frotan. Más, más, sí, así, así, dame, dámelo todo, no te quedes con nada. Lenguaje rudimentario las más de las veces, capaz de enervar la piel y las neuronas, cuando se amplia e inventa escenas que no suceden pero que sí, porque para qué discriminar entre lo que se imagina y lo concreto. Qué bien lo saben los que tientan a las palabras en escritos indecentes. “Pon encima las dos manitos, Georgette. ¿No ves que hay espacio para tus dos palmas y aun así su glande purpúreo asoma y nos mira a todos por encima?”, decía Vávara, la princesa rusa de las Memorias que en la edición de Tusquets son compiladas y anotadas por un aristócrata también ruso y exiliado en Inglaterra durante la guerra de Crimea. Esa señorita de la invención, directora de las mejores escenas, sabía del poder de las palabras cuando ordenan y describen. “Todo está ahí, a la vista, pero cuando decís leche, cuando decís concha, su presencia se amplía porque se incorpora otro sentido, el oído”, como dice la sexóloga Adriana Arias. “Los jadeos de amor son pequeños chillidos que se parecen al grito de una garza, de una paloma, de un pavo real. Porque en definitiva “el lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro”, dice Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso. ¡Ah, sí, las palabras, las cochinas palabras que ruborizan a los santos, prenden estrellas bermellón en las mejillas como huellas de pellizcos! Pero una cosa es el papel y otra la mecánica de los cuerpos que cuando se encastran parecen perder el discurso y la retórica en favor de las onomatopeyas, los monosílabos, los ayes y los suspiros. Son unos pocos afortunados los que dominan el relato cuando el sexo impone su ritmo. Parece que el vocabulario y la imaginación sufrieran de anorexia compulsiva –decime, decime lo que te gusta–. No hace falta más que hacer la prueba, preguntar a quienes están alrededor y recibir ese silencio solemne de quien busca en la memoria y no encuentra. O no quiere confesar. Y sin embargo las palabras se cuelan como agua por la hendija de un dique, como arena en las casas de veran. Tan bellas, tan simples, tan como cada uno de nosotros es.

Martha Dilllon

Las edades de Lulú

" (...) Noté un pegote blando y frío, y luego un dedo, alarmantemente, perceptible por sí mismo, que entraba y salía de mi cuerpo, distribuyendo finalmente el sobrante alrededor le la entrada.
-Eres un hijo de puta... Chasqueó repetidamente la lengua contra los dientes.
-Vamos, Lulú, ya sabes que no me gusta que digas esas cosas.
Lancé las piernas hacia delante. Conseguí golpearle en la espalda un par de veces. Intentaba hacer lo mismo con los brazos cuando noté la punta de su sexo, tanteándome.
-Estate quieta, Lulú, no te va a servir de nada, en serio... Lo único que vas a conseguir, si sigues haciendo el imbécil, es llevarte un par de hostias -no estaba enfadado conmigo, me hablaba en un tono cálido, tranquilizador incluso, a pesar de sus amenazas-, pórtate bien, no va a ser más que un momento, y tampoco es para tanto -me abrió con la mano derecha, notaba la presión de su pulgar, estirándome la piel, apartándome la carne hacia fuera-, además, tú tienes la culpa de todo, en realidad, siempre empiezas tú, te me quedas mirando, con esos ojos hambrientos, yo no puedo evitar que me gustes tanto...
Su mano derecha, que imaginé cerrada en torno a su polla, presionó contra lo que yo sentía como un orificio frágil y diminuto.
-Eres un hijo de puta, un hijo de puta... Luego Ya no pude hablar, el dolor me dejó muda, ciega, inmóvil, me paralizó por completo. jamás en mi vida había experimentado un tormento semejante. Rompí a chillar, chillé como un animal moribundo en el matadero, dejando escapar alaridos agudos y profundos, hasta que el llanto ahogó mi garganta y me privó hasta del consuelo del grito, condenándome a proferir intermitentes sollozos débiles y entrecortados que me humillaban todavía más, subrayando mi debilidad, mi rotunda impotencia frente a aquella bestia que se retorcía encima de mí, que jadeaba y suspiraba contra mi nuca, sucumbiendo a un placer esencialmente inicuo, insultante, usándome, igual que yo había usado antes aquel juguete de plástico blanco, me estaba usando, tomaba de mí por la fuerza un placer al que no me permitía ningún acceso. Aunque no pensé que fuera posible, el dolor se intensificó, de repente. Sus embestidas se hicieron cada vez más violentas, se dejaba caer sobre mí, penetrándome con todas sus fuerzas, y luego se alejaba, y yo sentía que la mitad de mis vísceras se iban con él. La cabeza me empezó a dar vueltas, creí que me iba a desmayar, incapaz de soportar aquello ni un solo minuto más, cuando empezó a gemir. Adiviné que se estaba corriendo, pero yo no podía sentir nada. El dolor me había insensibilizado hasta tal punto que solamente era capaz de percibir dolor.
Luego, se quedó inmóvil, encima de mí, dentro le mí todavía.
Me mordió la punta de la oreja y pronunció mi nombre. Yo seguía llorando, sin hacer ruido. (...)"

Grandes, Almudena
Las edades de Lulú
Grijalbo Mondadori, S.A. Barcelona, 2000