10 oct 2010

Los cuadernos de Don Rigoberto

—Te portas tan bien, que yo también quiero jugar. Voy a hacerte un regalo.

—¿Ah, sí? —se atoró Pluto—. ¿Cuál, Lucre?
—Mi cuerpo entero —cantó ella—. Entra, cuando te llame. A mirar, solamente.
No oyó lo que Modesto respondía, pero estuvo segura de que, en la penumbra del recinto, mientras su enmudecida cara asentía, rebalsaba de felicidad. Sin saber cómo lo iba a hacer, se desnudó, colgó su ropa, y, en el cuarto de baño, se soltó los cabellos («¿Como me gusta, amor mío?» «Igualito, Rigoberto.»), regresó a la habitación, apagó todas las luces salvo la del velador y movió la lamparilla de modo que su luz, mitigada por una pantalla de raso, iluminara las sábanas que la camarera había dispuesto para la noche. Se tendió de espaldas, se ladeó ligeramente, en una postura lánguida, desinhibida, y acomodó su cabeza en la almohada.

—Cuando quieras.
«Cerró los ojos para no verlo entrar», pensó don Rigoberto, enternecido con ese detalle púdico. Veía muy nítido, desde la perspectiva de la silueta dubitativa y anhelante del ingeniero que acababa de cruzar el umbral, en la tonalidad azulada, el cuerpo de formas que, sin llegar a excesos rubensianos, emulaban las abundancias virginales de Murillo, extendido de espaldas, una rodilla adelantada, cubriendo el pubis, la otra ofreciéndose, las sobresalientes curvas de las caderas estabilizando el volumen de carne dorada en el centro de la cama. Aunque lo había contemplado, estudiado, acariciado y gozado tantas veces, con esos ojos ajenos lo vio por primera vez. Durante un buen rato —la respiración alterada, el falo tieso— lo admiró. Leyendo sus pensamientos y sin que una palabra rompiera el silencio, doña Lucrecia de tanto en tanto se movía en cámara lenta, con el abandono de quien se cree a salvo de miradas indiscretas, y mostraba al respetuoso Modesto, clavado a dos pasos del lecho, sus flancos y su espalda, su trasero y sus pechos, las depiladas axilas y el bosquecillo del pubis. Por fin, fue abriendo las piernas, revelando el interior de sus muslos y la medialuna de su sexo. «En la postura de la anónima modelo de L'origine du monde, de Gustave Courbet (1866)», buscó y encontró don Rigoberto, transido de emoción al comprobar que la lozanía del vientre y la robustez de los muslos y el monte de Venus de su mujer coincidían milimétricamente con la decapitada mujer de aquel óleo, príncipe de su pinacoteca privada. Entonces, la eternidad se evaporó:
—Tengo sueño y creo que tú también, Pluto. Es hora de dormir.

Mario Vargas Llosa

"Los cuadernos de Don Rigoberto"


L'origine du monde,
Gustave Courbet (1866)

4 oct 2010

La vi parada allí

Yo era muy chico para que me gustara el bello Elvis, su pelvis tiritona y esa música de los coléricos norteamericanos que hacía zumbar los oídos en los años sesenta. Aquellos ritmos, mas el cursi bolero y el viejo tanguear, los recibí de las mujeres de mi familia que hacían los quehaceres domésticos ensayando pasos de baile con la radio prendida. A esa edad, mi relación con la música era indiferente, solo ambiental. Y no había ninguna melodía que hiciera vibrar la rata infante de mi emoción. En la primavera poblacional, llegaban los circos con su algarabía piñufla. Ocupando siempre el baldío de la cancha con sus carpas desteñidas, carteles payaseros y jaulas con un puma desnutrido. Apenas amarilleaban los aromos de septiembre, la banda del circo tronaba por los altoparlantes su tarrero sonar. Pero también por esas fechas aparecían los juegos de entretenimientos, los mismos que ahora solo se encuentran en el verano playero. Entonces, instalaban armazones de fierro para la silla voladora, el carrusel de caballitos, el tiro al blanco con patos de lata, mas unos cuantos taca tacas y kioscos de maní confitado. Pero al centro, se ubicaba el radio control en una caseta donde se dedicaban discos. Y en el segundo piso de este encatrado, había un escenario, donde los artistas hacían doblajes o concursos para los pobladores aburridos cuando aun los aparatos de televisión eran muy caros. Las chicas sonrojadas, solicitaban un disco por una moneda. Dedicado a Patricio, de parte de una admiradora, “La vi parada allí”, por The Beatles, susurraba por el micrófono el locutor. Y las nenas de la pobla, se secreteaban mirando al Patricio, rojo de vergüenza, aplaudido por la patota juvenil. Entonces, por primera vez en mi vida, me electrizó ese remezón beatlemaniaco. Esa música era una inquieta euforia melancólica apretándome el pecho, un guitarreo solo para mí. Un coro de voces yea yea  despeinando mis años jazmines. Me temblaba el esqueleto y la boca se me hizo agua al escuchar por primera vez a los chascones ingleses. No lo podía creer, estaba pálido, todo me temblaba, como si me fuera a desmayar, me vinieron unas ganas de llorar, reír, bailar, cantar…no sé. Las chicas gritaban yea yea. Los chicos daban pasos de rock en el tierral, y el Patricio con las mejillas encendidas y alisándose la chasquilla, me pidió  que le llevara  saludos a la chica del disco. Si me compras una entrada para la silla voladora, le dije, mirándolo inocente. El Pato tendría diecisiete y yo once años. Pero el se vestía con pulóver beatle, pantalones tubo, botas cortas y peinaba una chasquilla que le cubría sus lindas cejas. ¿Te gusta esta música?, me preguntó mascando chicle. ¿Sabes quienes son?, agregó metiéndose la mano al bolsillo. Los Beatles, exclamé bajito. Acércate, me dijo, mete la mano, aquí están las monedas para la silla voladora. Pero el bolsillo estaba roto. Y toqué un dedo tieso y caliente. “La vi parada allí”, seguía sonando cuando saqué la mano mojada. Y corrí a subirme a la rueda que giraba peligrosa sobre los techos de la población. Nunca le di sus saludos a la chica, en cambio, nos juntábamos con el Pato detrás de los juegos cada vez que sonaba “La vi parada allí” por The Beatles, era nuestra contraseña.

Pedro Lemebel



14 ago 2010

La nana y el iceberg


"Le rogué que se portara bien, que se pusiera a volar, que no me dejara abandonado justo ahora, desamparé con mi mano la caliente hendidura de tu cuerpo para ir a trabajar ese apéndice mío que ya debería estar entrando y saliendo de tu hendidura, y nada, inútil, sin respuesta. Yo sé que te acuerdas de todo: se supone que también era la primera vez para ti. No podía conseguir que ese mono frío ahí abajo obedeciera las órdenes. Traté de concentrarme en tus sofocados susurros de placer, en tu expectante excitación, pero lo único en que podía pensar era en mi padre a miles de kilómetros hacia el sur. En ese mismo momento debía estar tirándose a su mina número cinco mil cuarenta y tantos, interponiéndose entre tu cuerpo y el mío, Janice, entre mi cuerpo y mi pico. Mi papá me jodió, mi madre me había jodido al contarme prematuramente esa historia, el desgraciado del Che Guevara me había jodido al morirse y dejarme con vida para escuchar tu voz que me preguntaba qué pasaba, ¿si algo me pasaba? Me lo preguntabas con tus labios y con tus tetas y con los músculos que te temblaban en los muslos y con los dedos de los pies que me rascaban suavemente el trasero, y yo tuve que abandonar el bote, esa noche y las dos noches que siguieron, hasta que me di enteramente por vencido."


Ariel Dorfman
La nana y el iceberg

15 mar 2010

La madre de las santas




"Quien desea follarse a Catalina,

Para que lo comprenda la gente docta
Debe decir vulva, vagina
Y seguir con coño y potta.
Pero nosotros los grandes desgraciados
Decimos celda, superchería, gorrioncita,
Hendida, hendidura, fisura, agujero, gruta,
Estupidez, higo, zapatilla, guitarra,
Rata, piscinita, funda, buñuelo,
Pajarita, espuerta, peluca, varpelosa
Alcantarilla, gatera, ventanilla,
Pitita, aquel-hecho, aquella-cosa,
Orinal, entrepierna, caracolillo,
La-jaula-del-pitito y la-jugosa.
Y para completar,
Alguien la llama vergüenza, alguien naturaleza,
Alguien porquería, orzuelo y sepultura. "

La madre de las santas

Giuseppe Gioacchino Belli
Italia (1791-1863)

5 mar 2010

Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena deviaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de
todos los sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el
árbol de la primera tentación, hasta el jardín de las delicias y
sus secretas ciencias de extravío que se expanden de pronto
de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo mismo
que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la
corriente erizada reptando en busca del exterminio 0 la salida,
escurriéndose adentro, arrastrada por esos sortilegios que son
como tentáculos de mar y arrebatan con vértigo indecible
hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se desfonda
cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica
noche interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con
jadeo de bestia fugitiva, con su flanco azuzado por el látigo
del horizonte inalcanzable, con sus ojos abiertos al misterio
de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la nebulosa
maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como
labios, esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la
espuma de otro mundo, constelaciones extraídas vivas de su
prado natal, un éxodo de galaxias semejantes a plumas girando
locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador que
ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo
en expansión, con todo el universo en contracción para el parto
del cielo, y hace estallar de pronto la redoma y dispersa en la
sangre la creación.


El sexo, sí,
más bien una medida:
la mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.

El jardín de las delicias (fragmento)
Olga Orozco

Argentina (1920-1999)

24 feb 2010

Nadie nada nunca

"Va entrando, despacio, como en un pantano, en la mujer de bronce, que lo recibe con un silencio reconcentrado, los ojos cerrados, la boca entreabierta, el labio superior encogido dejando ver cuatro dientes opacos, la cavidad de la boca envuelta en una penumbra rojiza. Su boca se pega a los labios entreabiertos. Las manos, que buscan primero las tetas espesas, blandas, se deslizan a los costados y se reúnen en la espalda sudorosa, se tocan un momento y bajan hasta las nalgas, apoderándose de ellas; las manos oprimen y apelotonan la carne blanda, incitando al cuerpo de la mujer a arquearse de modo tal que ya no se apoya sobre la cama –aparte de la cabeza que reposa sobre la almohada aplastada por el beso inmóvil– más que por los omóplatos y por la planta de los pies: el resto está en el aire, en tensión, sosteniendo el cuerpo del Gato que, como en un pantano, ha entrado en ella."

Juan Jose Saer
Nadie nada nunca

12 feb 2010

Primavera negra


" ¡Basta de espiar por el ojo de la cerradura!. ¡Basta de masturbarse en la oscuridad!. ¡Basta de confesiones públicas!. ¡Qué salten las puertas de sus quicios!. Quiero un mundo en el que la vagina esté representado por un rudo y honesto tajo, un mundo que sienta por los huesos y los contornos, los crudos colores primarios; un mundo que sienta miedo y respeto por sus orígenes animales.
Estoy harto de ver vaginas coquetas, disfrazadas, deformadas, idealizadas. Vaginas con las puntas de los nervios al aire. No quiero ver a las muchachas vírgenes masturbándose. En el secreto de sus habitaciones, o comiéndose las uñas, o arrancándose el pelo o echadas durante todo un capítulo en una cama llena de migas de pan.Quiero los palos funerarios de Madagascar, con un animal encima de otro y en la cúspide Adán y Eva con un rudo y honesto tajo entre las piernas. Quiero hermafroditas que sean verdaderos hermafroditas, y no falsarios que caminan con penes atrofiados y vaginas secas. Quiero una pureza clásica, donde la porquería sea porquería y los ángeles sean ángeles. "
 
Henry Miller

8 dic 2009

André Brink

" Su vagina era como un gran hongo exótico pinchado en un árbol, una pequeña cúpula de placer como nunca he visto, donde el sagrado río fluye hacia un mar sin mareas. Sin mareas. Sus movimientos eran espasmódicos, un flujo y reflujo que podía llevarte muy lejos, hasta donde ante te habías lanzado, salvaje y triunfalmente, a una playa barrida por el viento sin final. "



André Brink
Antes de olvidarte (fragmento)

3 dic 2009

Tengo miedo torero


" Al entrar, escuchó la aguja del pic-up chirriando sorda al final del disco, y más allá, tirado como un largo riel sobre los almohadones, Carlos roncaba profundamente por los fuertes ventoleros de su boca abierta. Una de sus piernas se estiraba en el arqueo leve del reposo y la otra, colgando del diván, ofrecía el epicentro abultado de su paquetón tenso por el brillo del cierre eclair, a medio abrir, a medio descorrer en ese ojal ribeteado por los dientes de bronce del marrueco, donde se podía ver la pretina elástica de un calzoncillo coronado por los rizos negros de la pendejada varonil. Sólo un pequeño fragmento de estómago latía apretado por la hebilla del cinturón, una mínima isla de piel sombreada por el matorral del pubis en el mar cobalto del drapeado blujin. Tuvo que sentarse ahogada por el éxtasis de la escena, tuvo que tomar aire para no sucumbir al vacío del desmayo frente a esa estética erotisada por la embriaguez. Allí estaba, desprotegido, pavorosamente expuesto en su dulce letargo infantil, ese cuerpo amado, esa carne inalcanzable tantas veces esfumándose en la vigilia de su arrebato amoroso. Ahí lo tenía, al alcance de la mano para su entera contemplación, para recorrerle centímetro a centímetro con sus ojos de vieja oruga reptando sedosa por el nervio aceituno del cuello plegado como una cinta. Ahí se le entregaba borracho como una puta de puerto para que las yemas legañosas de su mirar lo acariciaran a la distancia, en ese tacto de ojos, en ese aliento de ojos vaporizando el beso intangible en sus tetillas quiltras, violáceas, húmedas, bajo la transparencia camisera del algodón. Ahí, a sólo un metro, podía verlo abierto de piernas, macizo en la estilizada corcova de la ingle arrojándole su muñón veinteañero, ofreciéndole ese saurio enguantado por la mezclilla áspera que enfundaba sus muslos. Parece un dios indio, arrullado, por las palmas de la selva, pensó. Un guerrero soñador que se da descanso en el combate, una tentación inevitable para una loca sedienta de sexo tierno como ella, hipnotizada, enloquecida por esa atmósfera rancia de pecado y pasión. No lo pensaba, ni lo sentía cuando su manogaviota alisó el aire que la separaba de ese manjar, su mano mariposa que la dejó flotar ingrávida sobre el estrecho territorio de las caderas, sus dedos avispas posándose levísimos en el carro metálico del cierre eclair para bajarlo, para descorrerlo sin ruido con la suavidad de quien deshilacha una tela sin despertar al arácnido. No lo pensaba, ni siquiera cabía el nerviosismo en ese oficio de relojero, aflojando con el roce de un pétalo la envoltura apretada de ese lagarto somnotiento. Ni lo pensaba, dejándose arrastrar abismo abajo, marrueco abajo hasta liberar de ataduras ese tronco blando que moldeaba su anatomía de perno carnal bajo la alba mortaja del calzoncillo. Y ahí estaba por fin, a sólo unos centímetros de su nariz ese bebé en pañales rezumando a detergente. Ese músculo tan deseado de Carlos durmiendo tan inocente, estremecido a ratos por el amasijo delicado de su miembro yerto. En su cabeza de loca dudosa no cabía la culpa, este era un oficio de amor que alivianaba a esa momia de sus vendas. Con infinita dulzura deslizó la mano entre el estómago y el elástico del slip, hasta tomar como una porcelana el cuerpo tibio de ese nene en reposo. Apenas lo acunó en su palma y lo extrajo a la luz tenue de la pieza, se desenrolló en toda su extensión la crecida guagua-boa, que al salir de la bolsa, se soltó como un látigo. Tal longitud, excedía con creces lo imaginado y a pesar de lo lánguido, el guarapo exhibía la robustez de un trofeo de guerra, un grueso dedo sin uña que pedía a gritos una boca que anillara su amoratado glande. Y la loca así lo hizo, secándose la placa de dientes, se mojó los labios con saliva para resbalar sin trabas ese péndulo que campaneó en sus encías huecas. En la concavidad húmeda lo sintió chapotear, moverse, despertar, corcoveando agradecido de ese franeleo lingual. Es un trabajo de amor, reflexionaba al escuchar la respiración agitada de Carlos en la inconciencia etítica. No podría ser otra cosa, pensó, al sentir en el paladar el pálpito de ese animalito huacho recobrando la vida. Con la finura de una geisha, lo empuñó extrayéndolo de su boca, lo miró erguirse frente a su cara, y con la lengua afilada en una flecha, dibujó con un cosquilleo baboso el aro mora de la calva reluciente. Es un arte de amor, se repetía incansable, oliendo los vapores de macho etrusco que exhalaba ese hongo lunar. Las mujeres no saben de esto, supuso, ellas lo chupan, en cambio las locas elaboran un bordado cantante en la sinfonía de su mamar. Las mujeres succionan nada más, en tanto la boca loca primero aureola de vaho el ajuar del gesto. La boca loca degusta, y luego trina su catadura lírica por el micrófono carnal que expande su radiofónica libación. Es como cantar concluyó, interpretarle a Carlos un himno de amor directo al corazón. Pero él nunca lo sabrá, le confidenció con tristeza al muñeco erecto que apretaba en su mano, mirándola tiernamente con su ojo de cíclope tuerto. Carlos tan borracho y dormido, nunca se va a enterar de su mejor regalo de cumpleaños, le dijo al títere moreno besando con terciopela suavidad el pequeño agujero de su boquita japonesa. Y en respuesta el mono solidario, le brindó una gran lágrima de vidrio para lubricar el canto reseco de su incomprendida soledad. "


Pedro Lemebel

"Tengo miedo torero" (fragmento)

La vieja sirena



" Si nunca despertaste en sobresalto

febril, precipitándote hacia el lado

vacío de tu lecho, tanteándolo

con manos que se obstinan vanamente

contra implacable ausencia.

Si no sentiste entonces la muerte

desgarrándote en vida y agrandando

el vacío entre tus venas inflamado,

el vano apartamiento de tus muslos,

el ansia de tu sexo.

Si no rompió tu voz ese gemido

que acuchilla la turbia madrugada...

es que en tu corazón no ardía la hoguera

que llamamos amor.

En ella me consumo y es mi grito

tu nombre: a ti me abro en carne viva.

Mi piel muere en espera de la tuya,

mi sexo late con ansiosa boca

de pez en la agonía.

Y al no llegar tus labios con tu bálsamo

ni el fuego sosegante de tu lengua

mi mano se fatiga inútilmente

en estéril caricia...

Porque tan sólo tú tienes las alas

para el vuelo que mata y da la vida. "



José Luis Sampedro
La vieja sirena (fragmento)

22 nov 2009


Imaginar un tiempo de silencio
o pocas palabras
un tiempo de química y música

los hoyuelos por encima de tus nalgas
que mi mano recorre
o el pelo es como la piel, dijiste

una época de largo silencio

alivio

procedente de esta lengua el bloque de caliza
un hormigón reforzado
fanáticos y mercaderes
arrojados a esta costa de verdor salvaje de arcilla roja
que respiro una vez
en señales de humo,
soplo de viento

el conocimiento del opresor
éste es el lenguaje del opresor


y sin embargo lo necesito para hablarte.


Adrienne Rich

17 nov 2009


No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.


Leopoldo María Panero
Diario de un seductor
"El que no ve" -1980-

29 jul 2009

Las hazañas del joven Don Juan - Apollinaire


“Yo había visto ya unos pechos de mujer en imagen o en las estatuas, pero jamás ninguno al natural.
La mujer del administrador estaba apurada. No tenía abrochado más que un botón de la blusa, y ocurrió que, al inclinarse para hacer mi cama, el botón se soltó y yo pude ver su pecho entero ya que llevaba una camisa muy escotada.Di un salto:-¡Se va a helar usted, señora!Y haciendo como que quería volver a abrocharle la blusa, deshice la cinta que retenía su camisa sobre los hombros. En ese mismo instante, los dos pechos parecieron saltar de su escondite y sentí todo su grosor y su firmeza.Los botones que tenía en medio de cada pecho resaltaban, eran rojos y estaban rodeados de una aureola muy ancha y de color pardo.Esas tetas eran tan firmes como un par de nalgas, y cuando las oprimí un poco con ambas manos habrían podido ser tomadas por el culo de una linda muchacha.Tan sorprendida se quedó la mujer, que me dio tiempo, antes de que se recobrara de la emoción, de besar sus pechos a placer.
Olía a sudor, pero de una manera bastante agradable que me excitaba. Era ese “olor a hembra” que, como supe más tarde, emana el cuerpo de la mujer y que, según su naturaleza, excita el placer o el desagrado.
¡Ah,ah! Pero ¿en qué está pensando usted? No…eso no se hace…Pues soy una mujer casada…y por nada del mundo…
Éstas eran sus palabras, mientras yo la empujaba hacia la cama. Yo me abría la bata, me levanté la camisa y le mostré mi miembro en un estado de terrible excitación.
-¡Déjeme, estoy en estado, oh! ¿Pero señor! Si alguien nos viera…
Ella se seguía defendiendo, pero más débilmente.
Por otra parte, su mirada no se apartaba de mis partes pudendas. Se mantenía contra la cama en la que yo me esforzaba en dejarla caer.
-¡Me hace usted daño!
-¡Pero, hermosa señora, si nadie nos ve ni nos oye!-dije.
Ahora estaba sentada en la cama. Yo seguía empujando. Ella cedió, se echó boca arriba y cerró los ojos.
Mi excitación ya no conocía límites. Levanté sus vestidos, su camisa y vi un hermoso par de muslos que me entusiasmaron más que los de las campesinas. Entre los muslos cerrados vi una pequeña mata de pelos castaños, en los cuales era imposible distinguir la raja.
Caí de rodillas, tomé sus muslos, los palpé por todas partes, los acaricié, puse mis mejillas junto a ellos y los besé. De los muslos, mis labios subieron al monte de Venus, que olía a pis, si cabe, me excitaba aún más.
Levanté su camisa y miré con asombro la enormidad de su vientre, en el que el ombligo estaba en relieve en vez de estar hundido como el de mi hermana.
Lamí este ombligo. Ella estaba inmóvil, sus pechos le caían sobre los costados. Levanté uno de sus pies y lo puse sobre la cama . Apareció ante mí su concha. Al principio me asusté al ver los dos grandes labios, gruesos y hinchados, cuyo color tendía a marrón.
…
Para ser honesto, no podía decirse que el espectáculo fuera exactamente admirable, pero me gustó tanto más cuanto que esta mujer era bastante limpia. No pude dejar de meter mi lengua en su raja y rápidamente lamí una y otra vez el clítoris, que se endurecía bajo mi frenético hacer.
Este lameteo me cansó pronto, entonces reemplacé mi lengua por un dedo, ya que la raja estaba muy húmeda. Luego tomé sus pechos, cuyas puntas puse en mi boca chupándolas suavemente. Mi dedo índice no dejaba el clítoris, que se endurecía y aumentaba de tamaño.
…
Acto seguido, me despojé de mi camisa y sentí una cierta vergüenza al hallarme desnudo delante de una mujer, sobre todo casada y encinta.
Tomé la mano sudorosa de la mujer del administrador y la posé sobre mi miembro. Este contacto resultaba realmente exquisito.
Ella apretó primero suavemente y luego con más fuerza. Yo había aferrado sus tetas, que me encantaban.
La besé en la boca y ella me ofreció sus labios con solicitud.
Todo en mí tendía hacia el placer. Me ubiqué entre los muslos de la mujer del administrador, que estaba sentada, pero ella exclamó:
Arriba no, porque así me duele. No puedo ya dejármelo hacer por delante.
Bajó de la cama, se volvió y se inclinó, con la cara sobre el lecho. Aunque no agregó nada más, mi instinto me reveló la clave del secreto. Recordé haber visto a dos perros en acción. Tomé entonces a medor como ejemplo, y levanté la camisa de Diana, que era el nombre de la mujer del administrador.
Apareció ante mí el culo, pero un culo como no había soñado nunca otro igual en mi vida. …Era de un blanco deslumbrante. Igual que los pechos y los hermosos muslos.
…
Abajo del colosal culo, entre los muslos, aparecía la concha carnosa y jugosa en la que hurgué con un dedo juguetón.
Pegué mi pecho contra el culo desnudo de la mujer, y traté de rodear con mis brazos su inabarcable vientre, que colgaba como un globo majestuoso.
Entonces, besé sus nalgas, luego froté en ellas mi miembro…. Introduje mi ardiente pija en su concha, a modo de un cuchillo en una bola de mantequilla. Luego empecé a moverme como un condenado, haciendo rebotar mi vientre contra el elástico culo.
Eso me puso totalmente fuera de mí. Yo no sabía lo que hacía, y llegué al máximo de la voluptuosidad, eyaculando por primera vez mi semen en la concha de una mujer.


"Las hazañas del joven Don Juan"
Apollinaire

23 jul 2009


¿Hay un momento más hermoso?
Estoy contigo
y tú inflamas mi corazón.
Tomarme y acariciarme
cada vez que entras a mi casa
¿no es eso el placer?
Cuando buscas tomar
mis caderas y mis senos
¡no los dejes!
Magnífico es el día en que nos pasamos apretados.
Los cientos de miles y los millones no son nada en comparación.
¡Oh, mi dios, mi amigo!
Qué dulce que es sumergirme,
bañarme delante de ti...
Dejarte ver mi belleza,

en mi túnica de lino real
cuando está mojada.
¡Ah! ven, ¡mírame!
Tu amor ha penetrado todo mi ser
como la miel sumergida en el agua
como la esencia que penetra las especias
como cuando se mezclan nuestras savias...
...pues el cielo hace ascender su amor
como asciende la llama en la paja
Y mi deseo es como el picotazo de un buitre.
Turbada está mi sangre.
La boca de mi hermana es un pimpollo.
Sus senos, manzana de amor,
Sus brazos, una rama viva
que me ofrece un lugar secreto.
¿Vas a partir porque quieres comer?
¿Qué eres, pues, tú, esclavo de tu vientre?
¿Vas a partir para cubrirte?
¡Pero yo tengo sábanas sobre el lecho!
¿Vas a partir porque tienes sed?
Toma pues mi seno.
Lo que contiene sobra para ti.
Mi corazón está lleno de tu amor.
Y como corrí para encontrarte
se me ha caído la mitad de mis trenzas.
Mi corazón te desea (Oh, hermano mío)
Y haré por ti lo que busques
¡Estaré viva en tu abrazo!


Anónimo (Menfis o Tebas hacia 1500 antes de Jesucristo)
manuscrito de Londres.
Historia del Erotismo - Lo Duca

21 jul 2009


"Los ojos cansados advirtieron que en los lóbulos de las orejas había el mismo matiz rojo, cálido y sanguíneo, que se intensificaba hacia las yemas de los dedos. Podía ver las orejas a través del cabello. El rubor de los lóbulos de las orejas indicaba la frescura de la muchacha con una súplica que le llegó al alma. Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidad y una tristeza todavía mayores. El cabello de la muchacha era largo, probablemente para que los ancianos jugaran con él. Apoyándose de nuevo sobre la almohada, Eguchi lo apartó para descubrir la oreja. El cabello de detrás de la oreja tenía un resplandor blanco. El cuello y el hombro eran también jóvenes y frescos; aún no mostraban la plenitud de la mujer. Echó una mirada a la habitación. En la caja sólo había sus propias ropas; no se veía rastro alguno de las de la muchacha. Tal vez la mujer se las había llevado, pero Eguchi tuvo un sobresalto al pensar que la muchacha podía haber entrado desnuda en la habitación. Estaba aquí para ser contemplada. Él sabía que la habían adormecido para este fin, y que esta nueva sorpresa era inmotivada; pero cubrió su hombro y cerró los ojos. Percibió el olor de un niño de pecho en el olor de la muchacha. Era el olor á leche de un lactante, y más fuerte que el de la muchacha. Era imposible que la chica hubiera tenido un hijo, que sus pechos estuvieran hinchados, que los pezones rezumaran leche. Contempló de nuevo su frente y sus mejillas, y la línea infantil de la mandíbula y el cuello. Aunque ya estaba seguro, levantó ligeramente la colcha que cubría el hombro. El pecho no era un pecho que hubiese amamantado. Lo tocó suavemente con el dedo; no estaba húmedo. La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener el olor a leche de un lactante. De hecho, se trataba de un olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no conocería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino en su corazón. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza. Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación de la vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor. Como si quisiera escapar, miró las cuatro paredes, tan cubiertas de terciopelo carmesí que podría no haber existido una salida. El terciopelo carmesí, que absorbía la luz del techo, era suave y estaba totalmente inmóvil. Encerraba a una muchacha que había sido adormecida, y a un anciano."


Yasunari Kawabata
La casa de las bellas durmientes

20 jul 2009



Me van quedando pocos hombres en el cuerpo. A veces sólo sus marcas. Falta un trozo de oreja donde hubo un beso, o la mitad de un labio. Menos vello en el pubis desde alguna caricia y estos paños de té frío en los ojos para bajar el ardor. Siempre les pedí que no me tocaran los pies. No podría vivir sin la ceremonia de ir cada noche a regar las plantas que nunca ninguno se atrevió a tocar. El último que vino a visitarme me contó que los helechos están mejor que nunca, que se respira vida en el patio.



El Jardín
Adriana Fernández

7 jun 2009

Desnudos, se hacen el amor delante de la chimenea.
El resplandor de las llamas les caldea la piel, los cuerpos son un solo, rítmico latido.
Un solo, rítmico latido cada vez más pujante.
Agotados, los tres cuerpos se desenroscan lentamente, las antenas se separan. Las llamas se multiplican en las escamas triangulares.


Oesterheld, H. G.
Amor

2 jun 2009


En medio de un enjambre de muchachas, desnuda Madame Edwarda sacaba la lengua. Ella era, para mi gusto, encantadora. La elegí: ella se sentó cerca de mí. Apenas tuve tiempo de responder al mozo: tomé a Edwarda que se abandonó: nuestras bocas se juntaron en un beso enfermo. La sala estaba abarrotada de hombres y de mujeres y tal fue el desierto donde el juego se prolongó. Un instante su mano se deslizó, y yo me quebré de pronto como un vidrio, y temblé en mis pantalones; sentí a Madame Edwarda, de quien mis manos contenían las nalgas, ella misma al mismo tiempo desgarrada; y en sus ojos más grandes, dados vueltas, el terror, en su garganta un largo estrangulamiento. Me acordé que había deseado ser infame o, más bien, que hubiera sido necesario(...)

"Madame Edwarda"
George Bataille, bajo el seudónimo de Pierre Angélique.

31 may 2009


Había una muchachita muy joven en el grupo;no tendría más de quince o dieciséis años de edad. No dejaba que la tumbaran en el sofá, pero acariciaba los rostros y los pechos de las chicas que se complacían con la candela. Grushenka la rodeó con su brazo y le susurró al oído:
— ¿ Quieres hacer por mí todo lo que yo haga por ti?... ¿Todo?
La muchacha asintió tímidamente; Grushenka entonces la tumbó en la alfombra, le levantó las enaguas y se puso a besarle el vientre; la muchacha era cosquillosa y se rió.
Grushenka le abrió las piernas y metió su cabeza entre los muslos de la niña. El lindo montecilio de Venus casi no tenía pelo aún; la muchacha luchaba contra la intrusión y se movía un poco, pero eso sólo servía para incitar más a Grushenka a poner en práctica lo que había aprendido durante su estancia en el establecimiento de baños de la señora Brenna.
La muchacha suspiró, arqueó su cuerpo, pegándose a la boca de Grushenka cuando se produjo el orgasmo. De hecho, la muchachita era virgen, y era la primera vez que obtenía un orgasmo. Se quedó rendida, sin moverse, con los labios ligeramente entreabiertos, sonriente y agotada.


"Grushenka"
Anónimo del siglo XVIII

30 may 2009

La Duquesa de Alba se sentía transformada por Dios sabe qué milagro; se imaginaba poseer el
cuerpo y la cara de la Duquesa de Málaga, su bella hermana, enclaustrada en el Carmelo. Conservó su mantilla negra sobre su cuerpo desnudo para acercarse púdicamente a Florencio, a continuación saltó sobre su bragueta, la abrió con un gesto seco y se metió su sexo en la boca. Absolutamente ignorante de las cosas de la reproducción, se imaginaba que era así como las mujeres eran fecundadas. Florencio cerró los ojos e intentó recordar a una muchachita de su barrio de Buenos Aires que, durante toda su infancia, se la ponía tiesa de inmediato con sólo
pensar en ella, pero el sexo no cobraba vida. La Duquesa le mordía el glande con demasiada fuerza.
Intentó apartar delicadamente la cara de la Duquesa con una mano, y cayeron al suelo la mantilla y la peluca. La Duquesa de Alba, por primera vez en su vida, experimentaba placer, y apretó los dientes, Florencio lanzó un grito, dio un salto de dos metros y fue a estrellarse contra una de las vidrieras de la biblioteca. La atravesó y cayó al jardín sobre un parterre de violetas, en medio de la lluvia, perdiendo sin cesar sangre por el abierto agujero de su sexo que la Duquesa le había seccionado con sus dientes. Tuvo un último pensamiento piadoso para su madre, luego dijo en voz alta: «¡Qué cosa, che!». Y expiró.

Copi, El autorretrato de Goya
de "Las viejas travestis"